Carlota.

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Date: Mar. 2017
From: Contenido(Issue 645)
Publisher: Editorial Contenido, S.A. de C.V.
Document Type: Article
Length: 3,492 words

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1 México, julio de 1866

Jamás, en los últimos dos años, había cruzado por su cabeza la idea de huir de su propio imperio. Dos años y dos meses en México. Eso había sido todo. Una aventura titánica e ingenua. Un sueño imperial en ultramar. Dos años de gloria prestada e ilusoria. Setecientos noventa días con cada una de sus noches. Un tiempo muy corto y a la vez demasiado largo. El tiempo para creer que, si se estiraba lo suficiente, podría rozar el universo con las yemas de los dedos. Y, sin embargo, ahí estaba ahora, huyendo a bordo de un coche de caballos en medio de una lluvia torrencial, de regreso a la Europa que les había escupido en la cara. Lo sabía bien. Lo sabía con el pesar de quien abandona la obra de su vida sin remedio. Debía volver.

Si no hubiese sido emperatriz, si tan sólo hubiera sido una mexicana sin corona, hubiera llorado. Desde el interior del carruaje podía escucharse el asustado relinchar de los caballos y el tronar del cielo. Ya se lo habían advertido. Los caminos eran peligrosos en esa época del año; nadie en su sano juicio emprendía camino hacia el puerto de Veracruz atravesando la neblina de las cumbres de Acultzingo en época de lluvias y de fiebre amarilla, pero Carlota, que siempre había tenido fortaleza e insensatez en igual proporción, en cuanto supo que sus emisarios diplomáticos habían fallado y que las intenciones de Napoleón III de retirar sus tropas seguían siendo firmes, dio instrucciones de partir de inmediato para intervenir personalmente. Además, muy a su pesar, sabía que esperar a que pasaran las lluvias era el único lujo que no podría darse. No podía. Todo se desmoronaba ante sus ojos. El Imperio, Maximiliano. Ella. Todo. Debía hacer algo para evitarlo. No sería la primera vez que Luis Napoleón habría de escucharla, así le costara implorar de rodillas.

El mal estado del camino la zarandeaba sin descanso como a una canica en una caja de zapatos. En un intento por controlar el rebotar de su cuerpo, Carlota se removió en su asiento. Tras un segundo de duda, se abrazó, cobijándose. Tentada estaba de acariciarse el vientre, cuando de pronto el carruaje se inclinó sobre dos ruedas al esquivar una enorme piedra, obligándola a asirse a una de las puertas. Su dama de compañía, Manuelita de Barrio, lívida, aterrada ante la idea de volcar, ahogó un grito de pavor que se tiñó de vergüenza ante la severa mirada de la emperatriz, inmersa en un silencio rotundo que cayó con la misma fuerza de la tormenta. Carlota estaba acostumbrada a reprimir el miedo con la entereza de una mártir que ardiera en leña verde, y eso no iba a cambiar ahora sólo porque una lluvia torrencial enlodara aquella cumbre al borde del precipicio. Así había sido su vida desde que tenía memoria: un continuo bordear el vacío. Y controlar cualquier signo de debilidad era un don que Carlota había logrado domar a...

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Gale Document Number: GALE|A491423162